La desinformación mejora con el tiempo
Ricardo García Muñoz
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Tu tío compartió un meme en el grupo de WhatsApp de la familia hace seis meses. Decía que el dióxido de cloro curaba el COVID-19 y lo firmaba un supuesto médico del IMSS. Tras leer el mensaje, cerraste la aplicación con fastidio. Hoy, en una taquería de León, escuchas a un desconocido repetir la misma afirmación con total seguridad. Algo cambió entre aquel meme y esta conversación. La información ganó credibilidad sin necesidad de volverse verdadera. La respuesta tiene un nombre preciso en la psicología de la persuasión: el efecto durmiente.
Los psicólogos Carl Hovland y Walter Weiss estudiaron este fenómeno en 1951, cuando publicaron un artículo sobre la influencia de la credibilidad en la comunicación. Los investigadores presentaron a los participantes textos sobre temas técnicos; atribuyeron los escritos a una revista científica reconocida o a un periódico de propaganda soviética. La medición inmediata arrojó un resultado predecible: los lectores mostraban mayor convicción cuando la fuente era confiable. Sin embargo, cuatro semanas después evaluaron de nuevo las actitudes. Los participantes que leyeron el mensaje del periódico soviético mostraron un aumento notable en su nivel de persuasión. El mensaje ganaba terreno en sus cabezas mientras el recuerdo del emisor se disolvía. Hovland y Weiss documentaron así el mecanismo de disociación: la memoria conserva el contenido del mensaje con mayor tenacidad que la identidad de su origen.
Imagina que la memoria procesa los datos en niveles distintos. En un punto profundo se guarda la afirmación: “El dióxido de cloro cura enfermedades”. En otro nivel, más superficial, se almacena la advertencia: “Esto lo dijo un meme dudoso de WhatsApp”. Con las semanas, el dato permanece accesible, mientras que el rastro del emisor se desvanece. El contenido sobrevive; la sospecha sobre su procedencia desaparece. Esto plantea un escenario complejo cuando millones de personas reciben todos los días cientos de mensajes cuyas fuentes jamás verifican.
La investigación posterior confirmó el hallazgo. Anthony Pratkanis, Anthony Greenwald, Michael Leippe y Michael Baumgardner demostraron en 1988 que el fenómeno se produce de manera fiable bajo tres condiciones: el receptor presta atención al mensaje, la advertencia que desacredita la fuente aparece después del contenido y el lector evalúa la credibilidad de forma inmediata. La teoría del decaimiento diferencial postula que el impacto de la advertencia se degrada más rápido que el impacto del mensaje. Es una carrera desigual entre la memoria del contenido y la memoria del contexto. El contenido gana siempre.
En México, durante los primeros cinco meses de la pandemia, el Sistema Público de Radiodifusión documentó la circulación de 1.294 noticias falsas sobre COVID-19. WhatsApp se convirtió en el principal vector de contagio informativo, mediante audios falsificados e imágenes que imitaban logotipos oficiales. Un estudio de la UANL encontró que el uso de redes sociales predecía la creencia en estos datos falsos, y esa creencia reducía el acatamiento de las medidas preventivas. La desinformación costaba vidas.
El efecto durmiente añade una capa de complejidad: la desinformación se vuelve cada vez más persistente con el tiempo. Un estudio de 2023, dirigido por Stefano Ruggieri en la Università degli Studi di Enna “Kore”, exploró esta conexión. Los investigadores expusieron a los participantes a publicaciones de Facebook sobre normas de salud, en las que manipularon el mensaje y la fuente. Los resultados mostraron que las personas recordaban el contenido con facilidad, pero olvidaban el origen. Su susceptibilidad a las noticias falsas aumentó de forma notable en una prueba realizada una semana después. El paso de las semanas borra el origen de la fuente desacreditada y mantiene viva la afirmación.
Así opera la ecología informativa de Guanajuato o de cualquier ciudad del Bajío. Un vecino comparte un video en el que alguien con bata blanca explica que las antenas 5G debilitan el sistema inmunológico. El receptor lo ve con escepticismo inicial porque la cuenta no está verificada y la plataforma coloca una etiqueta de advertencia. Pasan tres meses. El receptor ya no recuerda la cuenta ni la etiqueta. Recuerda una idea: “algo leí sobre el 5G y el sistema inmunológico”. La idea flota libre, desanclada de su origen, disponible para incorporarse al repertorio de cosas que uno sabe. En la estructura de la memoria, la proposición se traslada de la información sospechosa al conocimiento general.
Para clasificar estos desajustes en el entorno digital, Claire Wardle, de First Draft News, distinguió siete tipos de desorden informativo. Lo que el efecto durmiente revela es que esa tipología pierde relevancia con las semanas porque la etiqueta de calidad se desprende. Los contenidos engañosos y los fabricados terminan ocupando el mismo espacio en la memoria. La estructura de las redes sociales acelera este proceso al despojar la información de su contexto en cada reenvío. Cuando la información salta de una pantalla a otra hasta llegar a la sobremesa familiar, cada paso elimina una capa de control. El primer receptor vio al autor y las advertencias; el quinto recibió un fragmento parafraseado. WhatsApp cuenta con más de ochenta millones de usuarios en México, lo que potencia esta disociación.
Una encuesta coordinada por la Fundación Friedrich Naumann reportó que el 56% de los entrevistados mexicanos creía que los medios ocultaban hechos bajo presión gubernamental. Cuando la desconfianza institucional es alta, las fuentes oficiales reducen la credibilidad en lugar de aumentarla. En ese entorno, la información que circula por canales informales adquiere una ventaja porque carece de una fuente identificable. Al no haber un emisor claro de quien desconfiar, el rechazo inicial al contenido disminuye. Esto cambia las reglas de verificación de datos. El fact-checking convencional asume que desacreditar la fuente equivale a tumbar el mensaje. Sin embargo, la corrección también depende de una fuente que se desvincula con el tiempo. Peor aún: la exposición repetida al dato falso para desmentirlo puede reforzar la familiaridad con el error. Es el efecto de verdad ilusoria: cuanto más familiar suena una afirmación, más verdadera parece. El verificador que desmiente el mito de los microchips en las vacunas repite el concepto ante una audiencia que, meses después, recordará la relación entre ambos términos, pero no que se trataba de una negación.
La inoculación psicológica ofrece una alternativa. Esta estrategia preventiva expone al receptor a versiones debilitadas de las técnicas de manipulación antes de que las encuentre en internet. Funciona como una vacuna cognitiva. Un estudio de 2022 en Science Advances demostró que los videos de noventa segundos que enseñaban a reconocer el uso del lenguaje emocional o la falsa autoridad mejoraban la capacidad para identificar la desinformación en un 20%. La ventaja de la inoculación es temporal: actúa antes de que el efecto durmiente opere, integrando la advertencia en el mensaje.
Las redes sociales procesan y fragmentan la información hasta convertirla en aforismos sin autor. “El limón con bicarbonato cura el cáncer.” “Las vacunas alteran el ADN.” Estas frases circularon millones de veces, fueron desmentidas y siguen vivas en la memoria colectiva porque el decaimiento diferencial entre mensaje y fuente no responde a los desmentidos de las páginas oficiales. Responde a la arquitectura de la memoria humana.
El efecto durmiente es el resultado de la evolución cognitiva. La memoria retiene datos útiles y desecha los metadatos de origen. En entornos de circulación lenta, olvidar quién dijo algo era una estrategia eficiente. Ante miles de contenidos diarios en las plataformas digitales, esa misma estrategia se vuelve una vulnerabilidad. El meme de hace seis meses no convenció a nadie en su momento. Hoy, limpio de su procedencia dudosa, se convirtió en conocimiento común. La transformación solo requiere tiempo. Con el transcurso de los días, la desinformación se consolida.
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